
La CGT buscará este primer mes de 2026 torcer el destino de la reforma laboral de Javier Milei: intentará forzar cambios en el proyecto y, de todas formas, presionará para que fracase su sanción legislativa.
Será una carrera contrarreloj en la que también incidirá la interna sindical. El ala dialoguista, mayoritaria en la cúpula cegetista elegida el 5 de octubre, negociará en varios frentes sin acelerar los tiempos de un nuevo paro general, pero el sector duro no aceptará una versión atenuada de la reforma laboral y apurará la realización de las protestas para desgastar al Gobierno, en una decisión teñida por la carrera hacia 2027.
El triunvirato de la CGT tiene un claro signo dialoguista, ya que esa es la impronta de Octavio Argüello (Camioneros), Jorge Sola (Seguro) y Cristian Jerónimo (empleados del vidrio), pero, sobre todo, el mismo sesgo negociador es característico de quienes impulsaron sus designaciones en el máximo peldaño cegetista, que, aun en un segundo plano, ejercen una influencia decisiva en la estrategia que lleva adelante la central obrera.

A Argüello lo apadrina Hugo Moyano (Camioneros), Sola fue promovido por “los Gordos” Héctor Daer (Sanidad) y Armando Cavalieri (Comercio) y Jerónimo logró su encumbramiento gracias al apoyo de Gerardo Martínez (UOCRA) y un sector liderado por Sergio Sasia (Unión Ferroviaria). En todos los casos, se trata de dirigentes de estirpe dialoguista que estuvieron aliados en la anterior conducción de la CGT, aunque Daer mantuvo (y mantiene) una postura más intransigente contra el Gobierno, que, según sus rivales internos, obedece al hecho de que es uno de los principales pilares sindicales de Axel Kicillof.
De los 36 sindicatos que integran el Consejo Directivo de la CGT, hay 10 más identificados con posturas ultraopositoras, como, por ejemplo, los alineados con el kirchnerismo (UOM y bancarios), los del transporte (Dragado y Balizamiento, Aeronavegantes y La Fraternidad) y algunos que mantienen una feroz disputa con el Gobierno como UATRE, cuya poderosa obra social está intervenida por la administración Milei.
¿Quiere decir que los 26 sindicatos restantes de la cúpula de la CGT sostienen una postura dialoguista a rajatabla? Todos los dirigentes más moderados buscan negociar, pero ninguno da muestras de querer inmolarse en ese intento si finalmente no logra resultados. Uno de los ejemplos es el de UDA, que lidera Sergio Romero, de buena llegada al Ministerio de Capital Humano, pero que este año se convertirá en combativo si no hay mejoras para los salarios docentes o se confirman las medidas del Gobierno que jaquean el financiamiento educativo.
Por eso será clave lo que suceda este mes de enero con la reforma laboral. La CGT, con mayoría dialoguista, buscará todos los caminos posibles para introducir cambios en el proyecto oficial porque algunos artículos dinamitan el poder sindical, su financiamiento o afectan derechos de los trabajadores. Eso quiere decir que se reforzarán las reuniones con gobernadores y legisladores con el fin de asegurar que Milei no tenga los votos suficientes en el Congreso para sancionar la iniciativa tal como está.
De la misma forma, la dirigencia cegetista apelará a sus fluidos contactos con el sector político del Gobierno (el asesor presidencial Santiago Caputo y los Menem, Martín y Lule, alineados con Karina Milei) para tratar de que la reforma laboral sea menos “hostil” hacia el gremialismo.
Aun así, parece imposible que la CGT avale la reforma laboral aunque quede una versión pasteurizada, de la misma forma que no lo hizo cuando se sancionó la Ley Bases, pese a que la presión sindical había conseguido, a través de las gestiones del diputado Miguel Angel Pichetto, que el Gobierno accediera a eliminar 42 artículos del capítulo laboral del proyecto que eran objetados por los gremialistas, como una forma de garantizar la aprobación parlamentaria de la iniciativa.

Lo más probable es que, aunque la CGT consiga desactivar varios artículos de la reforma laboral que rechaza, igual se decida avanzar en marzo hacia otro paro general para descomprimir las tensiones internas y graficar el rechazo conceptual del sindicalismo a cualquier intento de modificar las leyes laborales.
Por algo en la movilización cegetista del 18 de diciembre a la Plaza de Mayo sus cotitulares anticiparon que si el Gobierno no accedía a negociar la reforma laboral iban a concretar otra huelga general. Fue una amenaza dirigida a los funcionarios libertarios y, a la vez, una forma de atajar eventuales reclamos a viva voz de los manifestantes de un paro contra Milei, algo que habría puesto en aprietos a esta CGT de signo dialoguista.
Sin embargo, el factor político-electoral pesará en este tablero dominado por la reforma laboral. Hay dirigentes de la CGT que están apostando al proyecto presidencial de Kicillof y actuarán en sintonía con ese objetivo, lo que implica multiplicar las protestas sindicales y ganar la calle para debilitar a Milei.
En estas filas se visualiza el mes de marzo como decisivo: prevén que, tras el efecto apaciguador del receso veraniego, habrá más cierre de empresas y despidos de trabajadores, lo que configurará un escenario ideal para embestir contra el Gobierno.
Los dirigentes menos entusiasmados con el proyecto Kicillof Presidente, de todas formas, tampoco se mantendrán pasivos si la Casa Rosada decide imponer en el Congreso una reforma laboral sin cambios.
En ese caso, los dialoguistas y los duros se unificarán sin matices. Unos y otros buscarán hacer todo lo posible para cerrarle el paso al plan reeleccionista de Milei y soñar juntos con el regreso al poder en 2027.



