A 40 años de la inmortal chilena de Enzo Francescoli en el inolvidable partido entre River Plate y Polonia

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La chilena de un uruguayo en Argentina contra Polonia. Así de internacional fue la jugada. Con todos los condimentos para romper barreras de idiomas o costumbres. Como si esa pelota, en el mágico trayecto del pecho de Enzo a la red, hubiese borroneado los límites entre los continentes, haciéndose universal. De esos selectos instantes que quedaban para siempre. En los que cuesta un rato desdibujar esa O de asombro, como la que se instaló en la boca de los futboleros en la cálida noche del sábado 8 de febrero de 1986 en el estadio mundialista de Mar del Plata.

La chilena de Francescoli contra los polacos. Ya pasaron 40 años y podríamos estar otros 40 más mirándola, absortos, delante de la pantalla, porque encerró en ese ramillete de segundos, una eternidad de habilidad, plasticidad y belleza futbolera. Enzo estaba dibujando los mejores trazos de su carrera hasta ese momento, como símbolo de un River potente, que les ganaba a todos en el medio local, al punto de llevar 10 puntos de ventaja en el torneo 1985/86, al que aún le faltaban muchas fechas.

Y también podía imponer su calidad y autoridad contra una selección de prestigio, como lo era la de Polonia, en plena preparación para el Mundial de México, distante tan solo cuatro meses. El cuadro europeo se había asegurado su cuarta participación consecutiva en Copas del Mundo, luego de tres apariciones destacadas, con los meritorios terceros puestos de Alemania ’74 y España ‘82.

El saludo emocionado del Presidente de River, Hugo Santilli, a la gran figura de la noche

Los torneos de verano en Mar del Plata eran una cita ineludible con los grandes espectáculos. Habían comenzado sobre fines de la década del ’60, continuando casi sin interrupciones en el decenio siguiente En los ’80 se vivieron los mejores momentos. Allí estaban los equipos grandes con sus mejores figuras. Todavía resuenan en los rincones del estadio Minella, por entonces el Mundialista, las gambetas del Beto Alonso, la magia de cada habilitación de Bochini, la genialidad de Diego, las atajadas imposibles de Fillol y el show del Loco Gatti.

Son campeonatos muy recordados, por esas presencias deslumbrantes, pero también porque era una de las contadas ocasiones en que el país entero, a excepción de Mar del Plata y el resto de la costa atlántica, podía ver fútbol en directo. Era la otra cara de la moneda de lo que ocurre ahora, con la evolución de los medios, donde tenemos a disposición por las plataformas, a cualquier liga del mundo. Hace 40 años era otra historia. Y por eso el rito de los torneos de verano aún retumba amablemente entre nuestros recuerdos.

El otro golazo de Enzo esa noche, significó el inicio de la remontada. Haciendo equilibrio en la punta de su pie derecho, sacó un zurdazo que se clavó contra el travesaño

En la mayoría de las ediciones, la transmisión estuvo a cargo de Canal 13. Su relator era Carlos Asnaghi, que así lo evoca: “Realmente era un placer. Para un relator o periodista deportivo ir a Mar del Plata era una fiesta, porque en aquella época no se viajaba a todos lados. En el caso de los partidos de verano era una cosa muy linda, con una gran producción y muy buenos directores de cámara. Por suerte los ratings eran muy altos, ya que iban los equipos grandes con sus mejores jugadores, y todos jugaban a muerte para tratar de ganar. Para mí era un placer poder estar en ese hermoso estadio relatando esos campeonatos”.

La repercusión fue notable. Al día siguiente, no se hablaba de otra cosa entre los amantes del fútbol. Los partidos terminaban a medianoche, pero a nadie le importaba demasiado perder horas de sueño, porque se ganaban horas de ensueño. Esa sensación también era patrimonio de Asnaghi: “Hay que tener en cuenta que la tele era la reina absoluta, ya que no había otras plataformas, ni ninguna otra manera de ver deportes, sumado al hecho que iba en directo para todo el país. Nosotros notamos la exposición en la calle y la repercusión que tenían esos torneos, más allá de que no aparecíamos mucho en pantalla, porque no temíamos cámara en la cabina, sino que hacíamos la apertura desde el campo de juego. Eso duraba, como mucho, 40 segundos y tenías que subir hasta el puesto de transmisión. Hay que tener en cuenta que gran parte del fútbol que se podía ver en vivo a lo largo del año, eran esos campeonatos de verano”.

La secuencia del gol inolvidable

Polonia arribó al país al comenzar febrero y se instaló en Mar del Plata. El martes 4 hizo su debut enfrentando a Boca, en un choque que fue más parejo de lo esperado. Los Xeneizes, que habían vencido a Platense 2-0 apenas 48 horas antes por el torneo local, estaban en formación, con la flamante dirección técnica de Mario Zanabria y tratando de ensamblar a quienes ya estaban en el plantel con los refuerzos. Algunos de ellos de renombre y que enseguida se ganaron su lugar entre los titulares, como Jorge Higuaín y Jorge Rinaldi, en su embrionaria sociedad, que sería muy productiva, con Carlos Tapia.

La victoria fue para los polacos por 1-0 con gol convertido por Dziekanowski, a 13 minutos del final. Tendrían cuatro días de recuperación, antes de enfrentarse con River, en cotejo pautado para el sábado 8, coincidiendo con que los Millonarios tenían fecha libre en el torneo local ese fin de semana.

El estadio presentaba el clásico marco rebosante de público, con el olfato futbolero de un partido grande por venir. Y así fue desde el comienzo, aunque el primer tiempo apenas tuviese un gol, convertido por el Beto Alonso, con un zurdazo sorpresivo, que le picó unos metros antes al arquero Kazimierski, de flojo rendimiento, y que sería suplantado por Wandzik en el entretiempo.

El alocado festejo del Bambino Veira tras el golazo de Francescoli

Cuando el árbitro Abel Gnecco hizo sonar su silbato, cerca de las 23:20, para dar inicio al complemento, nadie podía suponer que se estaba ante 45 vibrantes e inolvidables. A los 4 empató Dziekanowski con un tiro libre que pegó en el poste y se incrustó en la valla de Pumpido. Solo pasaron 120 segundos, cuando una perfecta pared entre Francescoli y Alfaro, dejó al uruguayo cara a cara con el arquero, para definir con su habitual categoría. Las emociones no se detenían, porque dos minutos más tarde, nuevamente Dziekanowski, ahora de penal, ponía el 2-2.

Iban y venían de manera frenética. Las populares cantaban al ritmo de ese juego excitante y nadie podía quedarse sentado en las plateas. A los 68, luego de una desinteligencia del fondo de River, Wojocki colocó el 3-2 y cinco minutos después, el talentoso Buncol, quizás el más conocido para nosotros de los polacos ante la ausencia de Boniek, elevó el score a 4-2, con una exquisita definición por sobre la cabeza de Pumpido desde fuera del área.

Parecía todo definido. Pero ese River comenzó a renacer una vez más. Era insaciable de mitad de cancha para adelante y jugaba todas las manos con ese ancho, que era más inmenso a cada instante, mientras Polonia se iba deshilachando. Francéscoli tomó la pelota, ingresando al área sobre la izquierda, hizo una gambeta y cuando enfrentó al arquero, lo fusiló con un disparo que se clavó contra el travesaño. Casi no quedaba tiempo. Iban 89 minutos y Jorge Villazán se apuró para ejecutar un córner. Su centro cayó cerca del primer palo, donde Ramón Centurión, recién llegado nada menos que desde Boca, puso la cabeza ante la floja salida de Wandzik para gritar un 4-4 que sonaba milagroso.

Ya era una hazaña. Esos ocho goles se anotaron en la leyenda de los torneos de verano. Pero por suerte, aún faltaba lo mejor. El propio Enzo Francescoli lo recordó así: “Más allá de haber sido un partido de un torneo de verano, era importante porque Polonia era una de las mejores selecciones de Europa que se estaba preparando para el Mundial de México. Recuperamos el marcador en una gran remontada, de 2-4 a 4-4 y el árbitro Abel Gnecco nos indicó que quedaban dos minutos”.

La tapa de El Gráfico con un título muy certero

Esa voracidad ofensiva que le viene del fondo de su historia, lo llevó a River a buscar más, a no conformarse con ese empate admirable. “Ocho goles en este partido, justifican la presencia de casi 30.000 espectadores”. Esas fueron las palabras de Carlos Asnaghi en el relato, en el preciso momento en que comenzaba la jugada que iba a quedar en la historia, como la evocó el Beto Alonso: “Hubo un tiro libre sobre el costado derecho y el Tolo Gallego me la dio cortita. Levanté la cabeza y la crucé hacia el sector más lejano del área, por donde vi que se había mandado el Cabezón Ruggeri, que la bajó perfecto. El Flaco la amortiguó en el pecho y, cuando nadie lo esperaba, de chilena la clavó en el ángulo. Era para cerrar el estadio”.

Ese momento exacto, cuando los primeros minutos del nuevo día eran una realidad. Como esa maravilla que acababa de ocurrir y quedaría para todos los tiempos, tal como la rememoró el propio Francescoli. “La jugada fue muy linda, con el tiro libre del Beto Alonso, el salto y cabezazo de Ruggeri y mi posterior chilena. Cuando fui al encuentro de la pelota, yo ya sabía lo que quería hacer. No sé porqué, pero fui convencido de hacer la chilena. Es medio una locura, pero es también un estado de ánimo, porque venía bien y ya había convertido dos goles esa noche. Quedó en la retina de todos los que estaban en el estadio o los que lo seguían por televisión, más allá de la espectacularidad de la maniobra, porque en ese tiempo era mucho más difícil ver una chilena que lo ocurre en la actualidad. Había menos piruetas, solo la realizaba el mexicano Hugo Sánchez en el Real Madrid y tiempo después, Marco Van Basten”.

El estadio explotó como pocas veces. Temblaron sus cimientos que aún no habían cumplido la década, desde su construcción para el Mundial ’78. El mismo júbilo ganó a todos los que lo escuchaban por radio o seguían por televisión, donde el director de cámara, rápido y sagaz, no dejó de repetir la jugada del gol por varios minutos. Para Carlos Asnaghi, fue un instante inolvidable: “Sin dudas, y por lejos, de los momentos más emocionantes de mi carrera como relator. Porque el partido había sido maravilloso, el estadio estaba lleno y enfrente de River había un rival trascendente como lo era la selección de Polonia. Tiene ese sesgo de choque internacional, que le daba mayor relevancia. Después de la levantada, de ponerse 4-4 sobre el final, la gente calentaba motores en las tribunas y yo también como relator. La pirueta de Francescoli fue maravillosa, emocionó a todo el mundo y a mí también, obviamente. Porque no es fácil poder transmitir las emociones. Es un momento que recuerdo con mucho cariño, porque cuando el espectáculo es muy bueno, es difícil estar a la altura. Y allí creo que lo estuve”.

Polonia movió del medio, pero no hubo tiempo para mucho más. Nadie quería más. Ya se habían llenado con ese banquete de fútbol, servido con la calidad de los mejores y más refinados chefs internacionales. Unos días más tarde, River se quedó con el triangular, al vencer a Boca por 1-0 con un golazo de Pipo Gorosito, que empaló de manera magistral la pelota por sobre la salida del Loco Gatti.

Los avatares de la profesión de uno y otro, hicieron que relator y protagonista coincidieran y, por supuesto, evocaran el golazo, como lo menciona Asnaghi: “Me encontré con Enzo en varias oportunidades después de ese partido y siempre recordamos ese momento. Creo que salió todo bien, porque uno dijo lo que tenía que decir y acompañó un gol que es histórico, porque a partir de ese momento, la chilena de Francescoli, pasó a ser un hito en la historia del fútbol argentino”.

Entre todos sus pliegues fantásticos, el fútbol tiene algo que lo distingue. Cuando se menciona una jugada especial, todos sabemos de lo que estamos hablando, empezando por “El gol de Maradona a Inglaterra”. Por supuesto, “la chilena de Francescoli contra Polonia” se ubicó en esa mesa chica de los grandes momentos, donde no hace falta acotar nada más. Quizás, apenas, sumarnos a las palabras del relato de Carlos Asnaghi: “Enzo Francescoli: la preparó, la midió, la dejó para la historia”.

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